ACCESO MIEMBROS
Por: Psic. Mónica Díaz Cayeros.
Todos hemos sentido tensión ante ciertas situaciones difíciles, como pueden ser los problemas de trabajo, deudas, dificultades con los amigos o familiares, exceso de responsabilidades o incluso los detalles como cambios en nuestra rutina diaria
o que se nos ponche una llanta y que nos atrasemos para una cita. También nos hemos sentido preocupados cuando hay algo que no nos gusta y no sabemos cómo cambiarlo; nos hemos sentido inquietos o inquietas cuando nos enfrentamos por primera vez a una experiencia desconocida; y todas estas emociones son normales, e incluso necesarias.
No todas las personas reaccionan igual ante las
mismas situaciones. Por ejemplo, una persona puede ponerse especialmente
nerviosa cuando está tratando de negociar un contrato, mientras que otra
podrá hacer esta misma negociación sin mayores dificultades. Se ha visto que
las situaciones potencialmente estresantes son aquellas en las que juzgamos
que:
a) Se trata de un reto, una oportunidad de conseguir algo que deseamos, pero
que no sabemos a ciencia cierta si lo vamos a lograr.
b) Es un riesgo, hay la posibilidad de experimentar algún daño o pérdida.
c) El daño o pérdida ya sucedieron, como por ejemplo, cuando sufrimos
problemas de salud o la lejanía de nuestras personas queridas.
Cuando juzgamos que la situación que vivimos en un reto, riesgo, o pérdida
importante, es necesario movilizar todos nuestros recursos con la finalidad
de poder dar la mejor respuesta posible, tratando de obtener la máxima
ganancia de la situación, y disminuir las pérdidas. Cuando percibimos que
estamos en una situación estresante, reaccionamos en forma muy similar a la
mayoría de los animales cuando están en peligro, y los cambios en nuestro
cuerpo nos preparan para la acción: pulso rápido, aumento de sudoración,
estómago contraído y tensión en los músculos de brazos y piernas.
Lo curioso es que todos estos cambios nos preparan para la lucha o la huída,
como si estuviéramos en medio de la selva y nos hubiéramos encontrado a un
animal peligroso. Podemos reaccionar así ante una junta importante, aunque
en este caso atacar o salir corriendo no nos serviría de mucho. Por otra
parte, un poco de preocupación puede ser muy útil y motivadora, como por
ejemplo cuando el miedo al público nos impulsa a dar lo mejor de nosotros
mismos, o la preocupación por un examen nos ayuda a mantenernos despiertos y
estudiar. Podemos afrontar las situaciones que nos provocan tensión tomando
las acciones necesarias para conseguir nuestros objetivos; esto es,
ocupándonos más que preocupándonos de conseguir lo que deseamos. También
podemos hacer cambios en nuestro pensamiento, ver el lado positivo o
hacernos sugestiones positivas, como por ejemplo: "tu puedes, tú has logrado
cosas más difíciles". En todo caso, hay que aprender a modular la tensión,
porque si es excesiva, en lugar de ayudarnos nos va a causar problemas.
Cuando pasamos mucho tiempo en estado de tensión, nos podemos acostumbrar a
estar así de tensos. A esto se le llama resistencia. Uno puede desarrollar
un grado muy alto de resistencia, trabajar dobles jornadas, dormir poco y
funcionar relativamente bien, durante un lapso limitado de tiempo. Si esta
situación se prolonga, de repente nos vamos a encontrar con que nos cuesta
mucho trabajo descansar. Si tenemos un par de días libres, no podemos dejar
de pensar en los asuntos que se quedaron pendientes, y difícilmente nos
quedamos quietos. Cuidado: esta es una señal de que estamos acostumbrándonos
a vivir bajo tensión, que le estamos exigiendo demasiado a nuestro cuerpo y
que tarde o temprano vamos a ver los resultados negativos.
Cuando el estado de tensión se prolonga indefinidamente, sin oportunidad de
descansar y liberar la tensión, nuestro cuerpo y nuestra mente nos van a
empezar a dar señales de agotamiento: tics nerviosos o manías, distracción,
proclividad a los accidentes, comer en exceso o falta de apetito, dormir
demasiado o insomnio, irritabilidad, aumento en el consumo de alcohol o
medicamentos, y fumar, entre otras. Se sabe que el estrés puede afectar el
sistema inmunológico al disminuir la cantidad de células que defienden al
cuerpo contra las infecciones y se le han atribuido ciertos males cardiacos,
artritis, hipertensión arterial, migrañas, úlceras y muchas otras
enfermedades.
Hay cuatro estrategias básicas para aprender a manejar el estrés:
a) Alcanzar un buen estado de salud mediante una alimentación adecuada,
ejercicio, descanso y otras prácticas saludables.
b) Cambiar de situación, es decir, cambiar la fuente de estrés.
c) Cambiar nuestra mentalidad, es decir, nuestra percepción, ideas o
valoración de los factores estresantes.
d) Cambiar nuestro cuerpo, es decir, eliminar las reacciones de estrés y
aprender a sustituirlas por reacciones relajantes.
A través de ejercicios sencillos podemos aprender a relajarnos y hacer
cambios saludables en nuestra forma de valorar las situaciones que antes nos
provocaban estrés. Una manera de conseguir esto, es a través de la hipnosis
ericksoniana, un proceso muy seguro que nos ayuda a utilizar nuestros
recursos internos y ponerlos a trabajar para nuestro beneficio.